Por Jubenal Quispe
Hoy presencié, en la Plaza 14 de Septiembre de Cochabamba, un sencillo acto de recibimiento a los valerosos marchistas de la CIDOB y de los sin tierra del Oriente de Bolivia. Ancianos, mujeres con sus niños, hombres y mujeres indígenas con rostros curtidos de sufrimiento. Muchos y muchas caminaban cojeando a causa de las ampollas lagrimeantes en los pies. Más de tres semanas de peregrinaje forzado no es para menos. Algunos/as descalzos/as. Otros/as con las sandalias zurcidas. Con las manos encallecidas empuñando la rojo, amarillo y verde. En sus miradas se podía leer historias inéditas de dolor, rebeldía fecunda y, sobre todo, esperanza acumulada. En la medida en que iban ocupando la Histórica Plaza cochabambina el ambiente se fue vistiendo de dignidad y coraje. Dignidad, porque incluso en el sometimiento el espíritu humano vive su libertad con decencia. Y coraje, porque la humillación y el despojo permanente abonan la rebeldía fecunda.
No hubo ni prefectos, ni alcaldes, ni ministros de iglesias bendiciendo o animándolos desde la tarima oficial. Claro, no era el pulcro desfile de los agropecuarios del Oriente del país montados en sus tractores o en sus mitsubishis con sus séquitos de pongos. Eran y son los sobrevivientes de la codicia descarada de los terratenientes “democráticos”, encubados en las épocas de las dictaduras
Uno de los oradores marchistas durante el recibimiento decía: “Nos despojaron de nuestras tierras hasta convertirnos en sus esclavos. Generación, tras generación hemos labrado y carpido “sus tierras”, pero no contamos ni siquiera con una vaca propia, ni un pedazo de tierra.”
Mientras observaba y oía las desgarradoras historias, a tumbos revivía en mis recuerdos la historia bíblica de la Viña de Nabot (1Reyes 21, 1-29). Nabot era un campesino de Jezreel que tenía un viñedo muy hermoso junto al palacio de Acab, Rey de Samaria. Acab codiciaba el viñedo de Nabot. Le ofreció comprarlo, pero Nabot se negó porque dicho viñedo era la herencia de su padre. Entonces, la Corte de Acab tramó un juicio falso contra Nabot y terminó sentenciándolo a muerte (apedreado). El Rey, al enterarse de la muerte del campesino fue y se apoderó de su viña.
Esta historia antigua se repite, hoy, en el Oriente de Bolivia. Con la diferencia que los sobrevivientes de los Nabot del Oriente del país, hoy, como antes, se resisten a morir como esclavos y han decidido revertir su historia.
La historia de Nabot, en la Biblia, termina con la sentencia final de Dios sobre Acab: “Puesto que mataste a Nabot y le quitaste su tierra, en el mismo lugar donde los perros lamieron su sangre, lamerán también la tuya” (1R. 21,20). Pero Acab se arrepintió de sus codicias y la sentencia divina está suspendida esperando el arrepentimiento de los Acab (terratenientes) del Oriente de Bolivia.
A cuantos confesamos profesar la fe judeo cristiana, la suerte y el sacrificio de los despojados y esclavizados en el Oriente del país, hoy en marcha de sacrificio, nos exige una conversión intelectual y moral para comprometernos con su suerte. Nuestro silencio o nuestra indiferencia jamás será perdonado ni por Dios, ni por la historia.