EL SILENCIO DESPUÉS DE LA MUERTE
Jubenal Quispe
Ayer, después del trabajo, bajé caminando de Cala Cala (zona norte de Cochabamba) hacia el centro de la ciudad, porque el Comité “Cívico” había ordenado bloquear el tránsito vehicular. En la medida que avanzaba, me fui internando a un tumulto, cada vez más creciente, de citadinos armados quienes retornaban con sus fierros puntiagudos, escudos de madera encajados en sus brazos, cadenas gruesas, palos labrados en cuyas puntas llevaban banderas blancas y celestes.
Muchos estaban cansados, otros comentaban de sus hazañas en el combate y, algún otro, retornaba cabizbajo o arrepentido, quizás porque habían sido traicionados y combatido solos sin su capitán, porque éste, el Capitán Mafred Reyes Villa, los había convocado al campo de batalla, pero él se había marchado a la ciudad de La Paz para coordinar otra batalla “democrática” de alcance nacional.

Entre los citadinos también retornaban cholitas con sus polleras. Pienso que eran las sirvientas que habían sido llevadas a la batalla urbana como piezas de muestra democrática.
Avanzando un poco más llegué a la Plaza de las Banderas. Allí el tumulto estaba más excitado. Muchos comentaban su arrepentimiento por haber retrocedido ante la indiada que los había perseguido. Entonces, ya comenzaba la batalla cósmica entre la noche y el día. Comenzaba a caer la tarde. Unos pasos más abajo, el tumulto ya se había transformado en una horda salvaje de asesinos. Jóvenes y adultos celebraban blandiendo sus armas y proclamando arengas sobre su objetivo logrado. Habían logrado matar a un indio campesino. Eso era el motivo de su celebración. Entonaban a voz en cuello la sentencia: ¡Chali (Alcalde de Cochabamba) Cabrón el Próximo eres Tú! En ese momento me sentí rodeado e impregnado por el Tánatos (Dios de la muerte) que se había apoderado del lugar.
Un poco más abajo, ya por el centro de la ciudad, había un escudo militar. Era una barricada de uniformados que había logrado separar, en algunas calles, a los jóvenes “pacifistas” y “defensores de la democracia” de los invasores y destructores de la ciudad de Cochabamba.
Cuando la noche se impuso sobre el día, la muerte ya había triunfado sobre la vida. La batalla urbana había dejado como saldo dos muertos, uno de cada lado, y más de cien heridos. En los lugares del combate había charcos de sangre en proceso de coagulación. Había heridos, en algunas aceras, que eran auxiliados por sus compañeros en espera de alguna ambulancia desocupada. Los movimientos sociales, que no eran todos cocaleros, se reagrupaban en las calles. En algunas esquinas, los vecinos, ya desocupados de los auxilios prestados, se reunían y lamentaban el que un Prefecto, en nombre de la democracia, ensangrentase a Cochabamba.
En las calles principales, los jóvenes campesinos decían en quechua que los tiempos ya habían cambiado. Que ellos ya no eran como sus padres: pongos sumisos (sirvientes) de los ricachos. Se alentaban mutuamente argumentado que la sangre derramada es la vida que fertiliza a la tierra. Otros estaban en silencio, meditando quizás, lo que estaban haciendo. Se sentía un ensordecedor silencio. No había celebración. Hablaban susurrando de la muerte de una persona en el otro bando.
Así logré llegar hasta la Plaza 14 de Septiembre. El lugar estaba en silencio. Paseé la vista por lo que antes fuera la fachada de una obra de arte, el edificio de la Prefectura. Ahora estaba quemada. Los escritorios de metal achicharrados por el fuego estaban arrumados en la calle. En la esquina de la Plaza, en la puerta de la COD, había más personas sudadas y desarregladas. Todos gritando al unísono: ¡Manfred Asesino!, ¡Manfred al Paredón! Adentro yacía un cuerpo sin vida. Un cuerpo que minutos antes estaba lleno de vida exigiendo la renuncia de un Prefecto que había perdido la confianza popular. La vida había salido del cuerpo por el orificio de una bala que le atravesó el pecho. Luego el cuerpo fue trasladado a la Plaza 14 de Septiembre. Allí, propios y extraños, nos organizamos para comenzar con el velorio. No había resistencia de palpar el cadáver que estaba rodeada de vida y solidaridad. Sólo que en esos momentos no tenía Marías que lloraran por él. Creo que tampoco habían dirigentes, mucho menos los familiares. Los primeros estaban auxiliando a cuantos combatían contra la muerte (heridos) y los segundos tardaban en llegar desde el Chapare.
Avanzada la noche la ciudad era una ausencia total. Salvo los lugares cercanos a los hospitales y plazas. Los medios de comunicación, los mismos que habían convocado a los citadinos para expulsar a los campesinos invasores, seguían haciendo rating con sus primicias desgarradoras. Los hospitales, poco a poco, se fueron vaciando. Sólo quedaban los heridos que requerían ser internados. Jamás encontré respuesta sobre el lugar del velorio del joven caído a manos de la turba campesina.
Hoy es otro día. Amaneció lloviendo en la Llajta. Quizás sean las lágrimas de los ángeles que lloran porque el Tánatos pudo más que el Dios de la Vida. No lo se. Sólo se que siempre seremos nosotros quienes pongamos a nuestros muertos, mientras las “autoridades” se encaprichan en defender sus posturas políticas en nombre de la democracia, quizás tanatocracia.
13/01/2007 11:02 Autor: Maximo Kinast. Enlace permanente.


